A ti los enfrentamientos directos no te van.

No te gusta dar gritos ni voces, no te gusta montar un show en cualquier lugar, llamar demasiado la atención y que el resto se quede mirando y alucinando por tu actitud. Tú no eres así, no tienes tan poca clase… Hasta que explotas. Eres capaz de morderte el labio hasta que sangra antes de enfrentarte, antes de perder los papeles, pero cuando no hay más labio que morder, atacas. Y cuando atacas, que se entere el mundo, ha sido porque ya estás hasta los mismísimos *******, porque ya no puedes más, porque has aguantado tanto que tu propio cuerpo te pide defenderse de alguna manera. Y por fin rompes con todo, empiezas a pensar por qué no lo hiciste antes.

Te encabronan pocas cosas, pero las que lo hacen, lo hacen bien.

Por ejemplo la mentira. Tú vas de legal todo el tiempo, pones las cartas encima de la mesa, y a veces incluso dices verdades aunque sepas que podrían hacer mucho más daño que una pequeña mentira. Pero no. Tú no estás aquí para mentir, no te apetece hacerlo y te sentirías un hipócrita si eso pasara. Tienes conciencia Tauro, algo que a muchos les falta, tienes moral y ética y no te apetece hacerle al resto lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Pero claro, si te la juegan todo cambia, todo cambia porque embistes, porque después de mucha paciencia tienes la necesidad de devolver ese mismo daño, con la misma intensidad a quien te lo ha causado. Sientes que esa es la mejor lección para algunos, la mejor lección para que no repitan, contigo o con los demás.