Sabemos que odias las etiquetas. Que te niegas a que nadie te defina, que si te encasillan, te escapas, que si te juzgan, haces chistes. Pero hay algo que no puedes evitar, querido Géminis: tienes mala fama. Y lo peor… es que te la ganaste tú solito.
Dicen que eres falso, que eres traicionero, que un día juras amor eterno y al siguiente desapareces sin explicación. Que hablas por hablar, que seduces por deporte, que escuchas mientras estás pensando en otra cosa. Que no sientes nada, o al menos no lo demuestras. Que no sabes estar quieto, ni solo, ni en silencio. ¿Exageran? Puede. Pero también… puede que no.
Porque tú, Géminis, tienes un superpoder y una maldición: puedes ver todos los ángulos de una situación, pero eso te hace saltar de una emoción a otra sin pasar por la profundidad. Eres aire, eres palabra, eres idea… pero cuando hay que comprometerse, ahí empieza el temblor. Porque el compromiso te huele a jaula. Porque el “para siempre” te parece un disfraz de la rutina. Y porque tú no soportas morir de aburrimiento.
Te enamoras de la mente de alguien, pero luego te aburres del cuerpo. Te fascina alguien misterioso, pero cuando se abre, ya no te interesa. Coqueteas por instinto, mientes sin malicia, manipulas sin darte cuenta. ¿Y sabes lo peor? Que cuando te lo dicen, lo niegas con tanto encanto… que la gente te cree. Otra vez.
Tu problema no es que no sientas, es que sientes de formas diferentes, en múltiples niveles, y con demasiadas personas a la vez. No sabes cerrar puertas porque temes que el mundo se te quede pequeño. Y a veces, lo que te hace brillante… también te vuelve inestable.
Pero no todo es sombra. Porque cuando te quedas, cuando alguien logra ser más interesante que tus propias ideas, cuando decides bajarte del torbellino… eres un compañero mágico. Creativo. Divertido. Leal a tu manera. Porque sí, puedes ser leal, aunque nadie te lo crea. Pero eso solo pasa cuando alguien deja de querer cambiarte… y simplemente, te observa bailar en tu caos.
Así que sí, Géminis, tu fama te precede. Pero también es verdad que nadie escucha como tú, nadie habla como tú, nadie conecta tan rápido con tantos mundos distintos. Solo te pedimos una cosa: que cuando vayas a romper algo… al menos, no lo adornes con poesía.